Así es el cartel del IV Centenario de la Hechura del Señor del Gran Poder
Carmen Laffón representa al Señor en Besamanos, sobre un fondo vaporoso del color púrpura de los claveles, captando de manera magistral en el rostro la trascendencia espiritual de la Sagrada Imagen.
En el óleo el Señor aparece representado de tres cuartos, con las manos atadas, en una visión en la que la Sagrada Imagen alcanza una dimensión devocional única, la de su anual Besamanos. Despojado de toda opulencia, vestido con la túnica lisa y sin potencias, Laffón ha plasmado al Señor recreando su universo de atmósferas íntimas, emotivas, en la que la soledad de la Imagen lo refuerza en su mirada de ternura, de misericordia. Dentro de su abstracción contenida, los rasgos del Señor se muestran incitando al espectador a adentrarse en la emoción que transmiten, una emoción interior sugerida, no explícita ni declarada, que va creciendo a medida que nuestra propia mirada se adentra en la del rostro retratado. Con su habitual minuciosidad plasma las manos del Señor, alcanzando su paleta de color a trascender todos los misterios de esas veneradas manos, desde la fuerza que le dio Mesa, a la que le da el pueblo beso a beso.
El cartel del IV Centenario debe encuadrarse en la categoría de retratos de la artista sevillana. Se trata del retrato de un Rey, el Rey de Reyes, plasmado sobre un fondo neutro, del que emerge el elemento sobre el que no cabe mayor distracción, un Rey Cautivo. Los colores del Señor sirven para marcar los planos y plasmar esa soledad no de la imagen, sino la que siente el devoto ante ella, adentrándose con discreción en la amplia paleta de morados, del malva al negro en su túnica. O en los vaporizados tonos púrpura con los que se da textura al plano inferior. Ambos son los colores con los que se viste al Señor.
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| Cartel del IV Centenario / Carmen Laffón |
El cartel del IV Centenario debe encuadrarse en la categoría de retratos de la artista sevillana. Se trata del retrato de un Rey, el Rey de Reyes, plasmado sobre un fondo neutro, del que emerge el elemento sobre el que no cabe mayor distracción, un Rey Cautivo. Los colores del Señor sirven para marcar los planos y plasmar esa soledad no de la imagen, sino la que siente el devoto ante ella, adentrándose con discreción en la amplia paleta de morados, del malva al negro en su túnica. O en los vaporizados tonos púrpura con los que se da textura al plano inferior. Ambos son los colores con los que se viste al Señor.

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